El ‘rover’ de la NASA que está a punto de contestar ‘la gran pregunta’

Si el Perseverance descubre evidencia de vida pasada en Marte, el ser humano recibirá una nueva degradación que le hará replantearse su posición en el universo una vez más.

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Perseverance y su compañero volador, Independence. (NASA/JPL)

Si todo va bien, mañana aterrizará en Marte el Perseverance, acompañado de su pequeño dron volador Independence. Además de explorar el planeta rojo y probar nuevas tecnologías de cara a una futura colonización, su misión principal será encontrar evidencia de vida marciana. Si tiene éxito en su búsqueda, cambiará a la humanidad para siempre.

 

Perseverance está basado en Curiosity, el exitoso robot que lleva operando en ese planeta desde agosto de 2012. Pero su misión lo distingue notablemente de su compañero: mientras que Curiosity estudia la geología de Marte para ver si alguna vez hubo condiciones favorables para la vida, Perseverance buscará trazas de organismos extinguidos en el cráter Jezero, un entorno que los astrobiólogos del Jet Propulsion Laboratory en Pasadena, California, creen que pudo haber albergado vida en un pasado lejano.

Si el Perseverance encuentra esas trazas de vida, tendremos la certeza, por primera vez en la historia de la humanidad, de que la vida en la Tierra no es única ni especial. Si encontramos pruebas de vida en Marte, confirmaremos la hipótesis de que la vida es común en el universo y podríamos deducir que ha habido y hay vida en millones de planetas solo en nuestra galaxia. Sería la extraordinaria evidencia que, según Carl Sagan, necesita cualquier afirmación extraordinaria.

Una nueva «gran degradación»

También sería una nueva herida para el orgullo humano, el antropocentrismo que empezó a derrumbarse cuando Galileo demostró que, lejos de ser el centro de “la creación”, solo vivíamos en uno de muchos planetas orbitando el sol.

 

En 1994, Sagan —que trabajó en las misiones Mariner, Viking, Voyager y Galileo— explicó con una lógica demoledora cómo la ciencia ha destruido la idea de que somos especiales en la inmensidad del cosmos, promulgada por las religiones judías, cristianas, musulmana y sus respectivos filósofos. Lo hizo en el capítulo “The Great Demotions” de su libro ‘Pale Blue Dot‘. Algo así como “Las grandes degradaciones”. O humillaciones, si queréis.

En ese capítulo Sagan repasa cómo cayó la teoría copernicana en manos de las observaciones de Galileo. La primera gran degradación. Muchos pensaron entonces que, aunque la Tierra no era el centro de todo, el Sol sí lo era y que por eso éramos especiales. Dios ha creado este tinglado solo para nosotros, decían llenos de orgullo y vacíos de evidencia. Pero el siglo XIX y la observación astronómica demostró que el sistema solar era uno de muchos en la galaxia y que, además, no estábamos en el centro, sino a tomar viento, perdidos en la inmensidad de uno de sus brazos. Más tarde descubrimos que había la friolera de unos 100.000 millones de sistemas estelares solo en nuestra galaxia.

 

Los mismos de siempre respondieron que por lo menos la Vía Láctea era el centro del universo, pero no, pronto observamos que había muchas más galaxias. La estimación actual: unos dos billones, aunque algunos astrónomos han especulado recientemente que podría haber algo menos. Nuestro sistema no solo se mueve a 220 kilómetros por segundo en una galaxia del montón, sino que además esta galaxia no está en el centro de nada. De hecho, nuestras observaciones apuntan a que no hay centro del universo, por lo menos en el espacio tridimensional.

Carl Sagan junto a una réplica de una de las Viking.
Carl Sagan junto a una réplica de una de las Viking.

 

Los antropocentristas se refugiaron entonces en su opinión de que nosotros somos especiales porque comenzamos a existir con “la creación”, gracias a un señor con barba. Esto es algo que la aplastante evidencia científica sobre la edad del universo, de nuestro sistema solar y de la Tierra, destruyó implacablemente.

 

De ahí, los que quedaban en pie con su obstinación por declararnos especiales dijeron que éramos únicos con respecto a los animales. Tenemos consciencia de nosotros mismos, ”somos sentimientos y tenemos seres humanos”. Darwin, el ADN y la evidencia neurológica indican inequívocamente que no, tampoco somos especiales en ese sentido. Somos un animal más que, gracias a la selección natural, tenemos una mejor habilidad para realizar tareas más complejas que otros animales. Y punto.

Darwin, la zoología, el ADN y la paleontología asestaron una puñalada mortal a nuestra idea de que los humanos somos seres especiales.
Darwin, la zoología, el ADN y la paleontología asestaron una puñalada mortal a nuestra idea de que los humanos somos seres especiales.

 

Lo único que nos queda es pensar que la vida es algo único del planeta Tierra. Que, por alguna carambola de la física y la química, esta bola de barro es especial porque es la única que tiene seres vivos en todo el universo. Sabiendo lo que ya sabemos sobre la formación de la vida, esta afirmación parece totalmente absurda a primera vista. Pero, por ahora, no podemos afirmar categóricamente que hay vida en otros planetas porque nunca hemos observado vida en ninguna otra parte de que no sea aquí, desde los microorganismos que sobreviven en aguas sulfuradas a ballenas azules atiborrandose de kril en la Antártida.

 

Por eso, si Perseverance encuentra prueba de vida extraterrestre, nuestra idea de nuestra posición en el universo volverá a cambiar de forma radical una vez más. Después de eso, la única gran humillación restante será encontrar evidencia de vida inteligente extraterrestre, si es que la encontramos.

El principio de no intervención

Si tiene éxito en su búsqueda, el otro gran melón que Perseverance podría abrir es la discusión sobre si debemos colonizar Marte o no.

 

Colonizar Marte es el camino más obvio para evitar el Gran Filtro, el evento de extinción masiva que acabaría con cualquier civilización si no abandona su planeta de origen. Estos eventos pueden ser autoinflingidos, como una guerra termonuclear mundial o el calentamiento global, o naturales, como la colisión con un gran asteroide o la explosión de una estrella cercana.

Si no queremos acabar como estos, más nos vale colonizar otros planetas.
Si no queremos acabar como estos, más nos vale colonizar otros planetas.

 

Marte es la propuesta de Elon Musk, Stephen Hawking o el propio Sagan: si nos establecemos allí de forma permanente, la posibilidad de supervivencia de la civilización humana se incrementaría notablemente. Después de la Tierra, Marte es el planeta más habitable —relativamente hablando— y el más cercano —algo vital para mantener los convoyes que lleven los millones de toneladas de equipos necesarios para construir un Marte totalmente independiente—.

 

Tanto Curiosity como Perseverance y el resto de sondas marcianas están preparando el camino para ese futuro no muy lejano, cuando los primeros humanos se establezcan en alguna de las planicies donde hay agua y CO2 congelados, ambos necesarios para poder garantizar energía, combustible y alimento.

 

Pero si Perseverance encuentra pruebas de vida fósil, es muy probable que siga habiendo vida en algún sitio del planeta rojo, probablemente viviendo cómodamente en el subsuelo. No marcianos con antenas y platillos voladores, pero quizás sí seres microscópicos refugiados de las bajas temperaturas y los rayos ultravioletas de la superficie, una combinación letal para cualquier tipo de vida orgánica según lo que sabemos por ahora.

Europa es otro de los mundos que podría albergar vida extraterrestre, pero por ahora nos queda demasiado lejos.
Europa es otro de los mundos que podría albergar vida extraterrestre, pero por ahora nos queda demasiado lejos.

 

Y si hay evidencia irrefutable de vida extinguida, lo más seguro es que futuras misiones tendrán como objetivo encontrar vida activa en el subsuelo. Si esas misiones encuentran vida, aunque fuera microscópica, plantearían un serio dilema: ¿debemos dejar a Marte para los marcianos? ¿O debemos ignorar esa vida y asentarnos allí porque es cuestión de vida o muerte para la vida humana?

 

Muchos pensarán que la supervivencia de la especie es infinitamente más importante que la vida de unas bacterias. Al fin y al cabo, el universo es un lugar de una violencia extrema, donde sistemas planetarios completos pueden desaparecer en cuestión de horas. Selección natural a escala interplanetaria.

 

Otros dirán que nada puede justificar la invasión de otro planeta: al fin y al cabo, si una civilización lo suficientemente avanzada como para llegar a la Tierra eligiera establecerse aquí, para ellos seríamos poco más que amebas. Quizás la última gran degradación del ser humano es asumir que, en la escala cósmica, siempre seremos un pie de página.

 

O a lo mejor, como decía Musk hace unos días y Sagan ha dicho siempre, debemos extendernos por la galaxia para poder tener los datos y la perspectiva necesaria para responder las dos preguntas que siempre nos hemos hecho: ¿qué puñetas hacemos aquí? y ¿cómo se ha montado todo este guirigay cósmico?

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