El 14-F aviva el cuestionamiento interno de las estrategias de Casado y Arrimadas

A pesar de las dudas y el malestar en ambas formaciones, las dimisiones, por ahora, no están encima de la mesa. Lo que sí abundan son las peticiones de reflexionar a fondo y acometer cambios

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El candidato a la presidencia de la Generalitat por Ciudadanos, Carlos Carrizosa, y la presidenta del partido, Inés Arrimadas, comparecen para valorar los resultados electorales del pasado domingo. (EFE)

Las elecciones catalanas auparon al PSC de Salvador Illa y reforzaron el independentismo. Pero el otro ganador de la noche fue sin duda Vox, a costa de Ciudadanos y PP que, por ese orden, firmaron un fracaso político sin paliativos. Ambas formaciones culpan a la abstención de los resultados obtenidos (el partido naranja se dejó un millón de votos y 30 escaños, mientras que los populares se mantienen últimos en el Parlament, con apenas tres diputados) y evitan hacer más autocrítica que la de haber sido incapaces de movilizar más al constitucionalismo. Pero la agitación interna es inevitable y los liderazgos de Pablo Casado e Inés Arrimadas se han resentido. Las miradas se dirigen especialmente a sus núcleos duros.

La líder naranja reunió este lunes su ejecutiva nacional en un encuentro que alcanzó las cinco horas. Los principales líderes regionales se desplazaron a Madrid porque no podían faltar a la cita, señalando con claridad al director de campaña y hombre fuerte de Arrimadas, Carlos Cuadrado. El cónclave sirvió para avivar el debate interno, pero terminó sin una conclusión satisfactoria para los más críticos. No habrá dimisiones en la cúpula —»aquí no sobra nadie, necesitamos unidad«, repitió la líder— y los dirigentes territoriales mostraron su malestar por la falta de autocrítica. Entienden que debe haber una «reflexión en profundidad» y, que una vez más, Arrimadas apuesta por un parche que puede ser demasiado débil.

La dirección volvió a insistir en que el punto de partida, como vienen defendiendo desde la noche electoral, no era la victoria histórica de 2017 sino el desastre de las últimas generales, que terminó con la marcha del padre del partido, Albert Rivera. El 14 de febrero se pareció en muchas cosas a aquella fatídica noche, cuya herida sigue abierta. El núcleo duro de Arrimadas considera que había que pasar este trago como último trámite de una época difícil, pero en los territorios lo ven muy distinto. Hace falta repensar la estrategia nacional, insisten, advirtiendo de que Cataluña puede ser solo el principio.

La misma reflexión pidió Alberto Núñez Feijóo para su partido de cara al comité ejecutivo que se celebra este martes. El PP también afronta un momento delicado después del mal resultado, con el sorpaso de Vox incluido por mucho margen. Once diputados frente a los tres que retuvo Alejandro Fernández (uno menos que en 2017) y después de que Casado se haya implicado por completo en la comunidad autónoma, con visitas semanales durante cuatro meses y la campaña, prácticamente instalado en Cataluña.

 

En Génova, no tienen dudas: no hay debate posible. Afirman que el liderazgo de Casado no está en peligro y descartan una crisis interna como la vivida tras las elecciones de abril (el PP se quedó en 66 escaños), en la que los barones se revolvieron exigiendo ya una ruptura con Vox, que no llegaría hasta un año después. Fuentes del PP sí señalan al núcleo duro que rodea al presidente y, más concretamente, al secretario general, Teodoro García Egea. Aseguran que «en prácticamente todas las estructuras hay dudas sobre si el equipo podrá poner en marcha una estrategia definitiva» y apuntan, una vez más, a una «bisoñez» que impide «exhibir el músculo territorial y político» que necesita el principal partido de la oposición.

Desde la moción de censura de octubre de 2020, con la que Casado soltó amarras y dejó claro que el PP no quiere ser un partido ultra ni lo será nunca, las aguas se habían calmado notablemente. Era la exigencia de los principales presidentes autonómicos y se cumplió, a pesar de que la oposición dura contra el Gobierno de Pedro Sánchez ha prevalecido. Las elecciones catalanas son las primeras bajo esa estrategia. La campaña del PP no fue ideológica. De hecho, estuvo basada en la gestión, con visitas e implicación de todos los barones y alcaldes. El PP ha cerrado filas con Fernández, apoyando su candidatura en todo momento.

Es cierto que dentro del PP hay dirigentes que reprochan haber lanzado una campaña desde una óptica errónea, dejando claro que el objetivo de los populares catalanes era subir la representación y no dejar que Vox se hiciera con sus votantes. Pero el PP solo confrontó con Vox en la recta final, cuando se dio cuenta del tsunami que venía. Los ataques recibidos por la formación de Abascal en las calles anticiparon adónde se iría el voto antisecesionista. Durante la jornada electoral, los apoderados y dirigentes populares que estaban en los colegios lo fueron confirmando: la papeleta verde era la más buscada entre su electorado.

 

García Egea achaca el mal resultado en Cataluña a las declaraciones de Bárcenas

Y los peores presagios se cumplieron. No solo hubo sorpaso, sino que PP y Ciudadanos en mayor medida sufrieron una debacle inimaginable. En ambos casos, los líderes, insisten en sus partidos, están a salvo. En el caso de Ciudadanos, Arrimadas no cumple ni un año al frente del partido, y aseguran que su marcha es imposible. Con la misma ferocidad defienden a Casado en Génova.

Sí está encima de la mesa la petición (en algunos casos exigencia) de revisar estrategias y realizar un análisis en profundidad sobre lo ocurrido. En el PP, defienden que Cataluña es una tierra muy particular con unas circunstancias especiales y que no se puede extrapolar al resto de España. Pero el argumento, especialmente en algunas CCAA donde ven que Vox sigue en ascenso, no convence. Y ese es el objetivo del comité ejecutivo de este martes: reflexionar sobre los posibles cambios o refuerzos que debería haber en torno a la figura de Casado para emprender una hoja de ruta definitiva.

 

En Ciudadanos, lo que está en entredicho es la estrategia nacional inaugurada durante el año de pandemia, que incluyó acuerdos con el Gobierno de Pedro Sánchez y que en la campaña catalana se tradujo en la voluntad de pactar con el PSC. Los dos partidos afrontan una nueva travesía del desierto que no solo será una resaca electoral. Se da la circunstancia de que comparten muchos gobiernos que a su vez dependen de los votos de Vox para sacar Presupuestos y el resto de la agenda legislativa adelante.

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