‘Confinados’: maldita la falta que nos hacía esta película insoportable

Como mucho, ‘Confinados’ funciona como entrañable instantánea de una época absolutamente excepcional, gracias a sus previsibles escenas de videoconferencias y caceroladas

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'Confinados'.

Si considerada en términos exclusivamente artísticos ya resulta difícilmente soportable, incluir en su valoración todos los esfuerzos y las ansiedades y hasta los riesgos que rodarla sin duda exigió hace que la existencia misma de ‘Confinados’ sea una insensatez y casi una ofensa. Se trata de una las primeras películas ideadas, filmadas y estrenadas durante la pandemia, y la única que trata de ofrecer un retrato realista de la vida en cuarentena. Como si algún espectador necesitara algo así.

 

Para llevarlo a cabo, eso sí, dedica sus primeros 90 minutos a observar a dos personas francamente irritantes encerradas en una casa, y los últimos 25 —es un sinsentido que su metraje casi llegue a las dos horas— a orquestar uno de los robos más insípidos de la historia del cine. La pareja la forman Linda (Anne Hathaway) and Paxton (Chiwetel Ejiofor).

 

Ella es una ejecutiva en una corporación multinacional, de futuro prometedor, pero desencantada con la falta de humanidad que impera en ese mundo, y él es un exdrogadicto y exconvicto que hasta la irrupción del virus trabajaba como transportista en una empresa de paquetería y que vive frustrado por el estigma que su pasado le obliga a soportar. Durante un tiempo su convivencia fue estimulante y llena de emociones, pero si siguen juntos es porque no llegaron a separarse a tiempo antes del confinamiento. Cada uno de ellos lidia a su manera con la situación actual —ella trasiega vino y fuma como un carretero, él recita poesía en alto para deleite del vecindario—, y por lo demás se pasan el día peleándose, evitándose, conectando por Zoom con allegados y compañeros de trabajo y sintiéndose de lo más miserables.

El director Doug Liman ha dirigido varias películas fantásticas en el pasado, tanto en el ámbito del cine indie —’Swingers’'(1996), ‘Viviendo sin límites’ (1999)— como en el de los ‘actioners’ —’El caso Bourne’ (2002), ‘Al filo del mañana’ (2014)—, pero su talento y su versatilidad no son suficientes para dotar de energía las escenas domésticas escritas por el guionista Steven Knight, esencialmente una sucesión de intercambios verbales pretendidamente intelectuales y afectadamente densos entre los que se incluye palabrería sobre el destino y trillados clichés sobre la sensación de libertad que embutirse una chaqueta de cuero y hacer kilómetros sobre una ‘custom’ proporciona. Con ese material los actores hacen cuanto buenamente pueden, que en el caso de Hathaway es más bien poco; al contemplarla sobreactuar como si la vida le fuera en ello, y encadenar monólogos histriónicamente beodos con torpes bailoteos espontáneos, resulta inevitable sentir el impulso de mirar un momento para otro lado.

 

Carece tanto de encanto tontorrón como de la capacidad de elevarnos el ritmo cardiaco

 

En su último tramo, decimos, ‘Confinados’ se fija abruptamente en el robo de una joya, para lo cual la acción se traslada a los grandes almacenes londinenses Harrod’s. Y, en consonancia con el tono liviano de la película, el plan delincuente de la pareja protagonista se muestra orgullosamente confuso y descuidado, tan carente de motivaciones creíbles como lleno de coincidencias y flagrantes improbabilidades. Es probable que algunos espectadores opinen que ni una comedia romántica ni una peripecia criminal proporcionan el enfoque más adecuado para reflexionar sobre nuestras circunstancias actuales, pero, en todo caso, si la película se hubiera tomado en serio alguno de esos géneros quizá habría tenido alguna oportunidad de funcionar. En cambio, carece tanto del encanto tontorrón que habitualmente atribuimos a las ‘romcoms’ como de la capacidad para elevarnos el ritmo cardiaco que el buen cine de atracos necesita.

 

Como mucho, ‘Confinados’ funciona como entrañable instantánea de una época absolutamente excepcional, gracias a sus previsibles escenas de videoconferencias —con sus problemas de audio, sus planos congelados y demás problemas técnicos—, caceroladas en homenaje a los sanitarios y consumo diurno de alcohol, y a sus gags ya trillados pero aún efectivos sobre la obsesión colectiva con la elaboración de pan casero y el almacenaje de papel de váter. El problema es que, pese a ello, nadie que vea esta película en el futuro se hará una verdadera idea sobre lo que la mayoría de nosotros vivimos en 2020. Porque habla del asunto desde el punto de vista de una pareja de cretinos para quienes no poder salir de casa es un problema menor —el casoplón donde viven incluso tiene patio—, las penurias económicas derivadas del covid no se manifiestan y el virus es una mera molestia, y que deciden cometer un robo —disfrazándolo, eso sí, de acto de rebelión contra el sistema— durante una crisis de salud que ha destruido las vidas de tantas y tantas personas menos afortunadas que ellos. Muchos espectadores se sentirán ofendidos al verla, y con motivo.

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